Grandes Bulevares de París: historia y paseo
Desde los bulevares trazados bajo Luis XIV hasta los luminosos de hoy, esta arteria legendaria cuenta tres siglos de placeres parisinos. Teatros, cafés, pasajes cubiertos y music-halls componen un decorado inconfundible. Sigue nuestra guía para un paseo por el tiempo, de La Madeleine a los Grandes Bulevares.
Orígenes: de las murallas al paseo de moda
Al contrario de lo que suele creerse, los Grandes Bulevares no son obra del barón Haussmann. Su trazado se remonta a Luis XIV: en la década de 1670, el Rey Sol mandó derribar las murallas medievales, ya inútiles, y las sustituyó por una amplia avenida arbolada. La propia palabra bulevar procede del neerlandés bolwerk, es decir, baluarte. Se plantaron olmos y la buena sociedad acudía en carruaje a tomar el aire.
De La Madeleine a la Bastilla, este cinturón verde se convirtió enseguida en el lugar donde había que dejarse ver. A lo largo del siglo XVIII proliferaron cafés, teatros de marionetas y merenderos al aire libre. Cada tramo adquirió su carácter: el Boulevard des Italiens, el más elegante; el Boulevard Montmartre, más popular; y el Boulevard du Temple, apodado bulevar del crimen por sus sangrientos melodramas.
La avenida de Haussmann y el triunfo de la Ópera
Durante el Segundo Imperio, Haussmann prolongó y regularizó todo el conjunto. Abrió la Avenue de l’Opéra a través del viejo barrio, despejó grandes perspectivas e impuso sus característicos edificios de piedra de sillería, con balcones corridos y tejados de zinc. Al final de la nueva avenida se alza la obra maestra de Charles Garnier.
Inaugurada en 1875, la Ópera Garnier se convirtió en el emblema del barrio. Su gran escalinata, su dorado foyer y, más tarde, el techo pintado por Marc Chagall en 1964 la sitúan entre los monumentos más visitados de París. Cerca prosperaron los grandes almacenes: en el Boulevard Haussmann, las Galeries Lafayette se coronaron en 1912 con una cúpula modernista de vidrio y acero que aún hoy atrae a las multitudes.
El barrio vivía además un enorme auge comercial. Muy cerca, la estación de Saint-Lazare vertía cada día multitudes de viajeros, mientras que Printemps, vecino de las Galeries Lafayette en el Boulevard Haussmann, rivalizaba en audacia arquitectónica. Cristaleras, ascensores y suntuosos escaparates inventaron una nueva forma de pasear y de comprar, en el corazón de un París que se soñaba moderno.
Teatros y music-halls: Olympia, Folies Bergère, Mogador
Ante todo, los Grandes Bulevares fueron un escenario. El Théâtre des Variétés, abierto en 1807 en el Boulevard Montmartre, mantuvo viva la tradición del vodevil. Pero fue en la Belle Époque cuando el barrio se convirtió en la capital mundial del entretenimiento.
En 1893, Joseph Oller fundó el Olympia, en el Boulevard des Capucines: el music-hall más antiguo de París todavía en activo, donde más tarde actuarían los grandes nombres de la canción. Un poco más al norte, las Folies Bergère, abiertas ya en 1869, inventaron la fastuosa revista de plumas y escaleras. Tras la Primera Guerra Mundial, el Théâtre Mogador, inaugurado en 1919 a imagen de los music-halls londinenses, completó este triángulo de oro de la escena parisina.
Cafés, prensa y nacimiento del cine
Entre función y función, todos se citaban en el café. El Café de la Paix, abierto en 1862 frente a la Ópera, sigue siendo la dirección emblemática donde aún se cruzan artistas, periodistas y viajeros. Entonces los bulevares albergaban las redacciones de los principales periódicos, y en las terrazas se hacía y se deshacía el todo París.
Aquí nació también el séptimo arte. El 28 de diciembre de 1895, en el Salon Indien del Grand Café, en el número 14 del Boulevard des Capucines, los hermanos Lumière celebraron la primera proyección de cine de pago de la historia. Décadas después, en 1932, el Grand Rex abrió en el Boulevard Poissonnière como la mayor sala de la ciudad, un auténtico palacio del cine hoy protegido como monumento histórico.
El cine ya no abandonaría los bulevares. En el período de entreguerras, salas oscuras y teatros compartían la misma acera, y los luminosos convertían la noche en un espectáculo permanente. Aquella efervescencia dejó al barrio su gusto por la imagen y la escena, que aún hoy se percibe de sala en sala.
Vida nocturna, de la Belle Époque a hoy
Iluminados primero con gas y luego con electricidad, los Grandes Bulevares figuraron entre las primeras calles alumbradas de Europa. Al caer la noche atraían a una multitud cosmopolita dispuesta a pasear, cenar y aplaudir. Los pasajes cubiertos, como el Passage des Panoramas (1800) o el Passage Jouffroy, prolongaban el paseo a cubierto, entre tiendas, restaurantes y el célebre Musée Grévin, el museo de cera abierto en 1882.
Hoy el barrio conserva esa energía nocturna. Los teatros cuelgan el cartel de completo, las brasseries históricas sirven hasta tarde y los cines conviven con coctelerías y salas de conciertos. De día se compra en los grandes almacenes; de noche se recupera el espíritu festivo de los antiguos boulevardiers.
Un itinerario a pie: de La Madeleine a los pasajes
Empieza en La Madeleine y avanza hacia el este. Cruza la Place de l’Opéra para admirar la fachada de Garnier y regálate una pausa en el Café de la Paix. Continúa por el Boulevard des Capucines, donde una placa recuerda la primera sesión de los hermanos Lumière.
Sigue hacia el Boulevard des Italiens y el Boulevard Montmartre: adéntrate en el Passage des Panoramas, desvíate hasta el Musée Grévin y alcanza luego el Passage Jouffroy y el Passage Verdeau, un paraíso para libreros y coleccionistas. Reserva una buena media jornada para disfrutarlo todo.
En lo práctico, las estaciones de Madeleine, Opéra, Richelieu-Drouot y Grands Boulevards, servidas por las líneas 3, 7, 8 y 9 del metro, jalonan el recorrido. Nada impide hacerlo por etapas, según los espectáculos y las terrazas.