Qué hacer·

El Museo Grévin: figuras de cera en los Grandes Bulevares

A pocos minutos de la Ópera Garnier, en el número 10 del bulevar Montmartre, el Museo Grévin inmortaliza la fama en cera desde 1882. Entre figuras de un realismo asombroso, decorados del siglo XIX y el fascinante Palacio de los Espejismos, así puedes aprovechar la visita.

Una institución nacida en los bulevares

El Museo Grévin abrió sus puertas en 1882, por iniciativa del periodista Arthur Meyer y del caricaturista Alfred Grévin, que le dio su nombre. En una época en la que la prensa diaria aún no publicaba fotografías, la idea era tan sencilla como brillante: poner rostro a los personajes de los que todos leían, desde políticos y artistas hasta criminales célebres. La gente acudía al museo para ver por fin las facciones de quienes solo conocía por lo impreso.

El emplazamiento no fue casual. Los Grandes Bulevares eran entonces el corazón de la vida parisina, jalonados de teatros, cafés y pasajes cubiertos. El cercano pasaje Jouffroy ya encauzaba multitudes de paseantes ante sus puertas, y el museo encajaba a la perfección en esa cultura del entretenimiento urbano. Más de siglo y medio después, sigue formando parte del patrimonio vivo del barrio, a medio camino entre la Ópera Garnier y el antiguo distrito de la Bolsa.

Lo que se viene a ver hoy

La colección reúne varios centenares de figuras de cera, renovadas con regularidad al ritmo de la actualidad. Te cruzarás con personajes de la historia de Francia, artistas, deportistas, iconos del cine y de la música, además de nombres internacionales muy reconocibles para el público español. La calidad del modelado, con el cabello implantado a mano y los ojos de cristal, sigue siendo la gran seña de la casa, elaborada en su propio taller como en los orígenes.

Más allá de las estatuas, la escenografía cuenta tanto como ellas. Los visitantes recorren decorados reconstruidos, escenas históricas y montajes cuidados en los que a menudo puedes acercarte del todo y posar para una foto. Es precisamente esa cercanía, impensable con celebridades de carne y hueso, la que otorga a la visita su encanto un poco vertiginoso.

Reserva alrededor de una hora y media o dos horas para recorrerlo todo sin prisa. El museo gusta por igual a las familias y a los aficionados a la historia, y cada cual reconoce rostros distintos según su generación y su cultura.

El Palacio de los Espejismos, joya escondida

El plato fuerte de la visita es, sin duda, el Palacio de los Espejismos. Esta sala de columnas, concebida originalmente para la Exposición Universal de 1900, juega con espejos y luces para multiplicar el espacio hasta el infinito. En pocos minutos, el decorado pasa de un templo oriental a un bosque encantado y luego a un palacio fantástico, en un espectáculo de sonido y luz restaurado con esmero.

Este espectáculo inmersivo, muy anterior a nuestras tecnologías digitales, sigue fascinando por su ingenio puramente óptico y mecánico. Es un raro testimonio vivo de la magia de las exposiciones universales de París, que no conviene perderse durante la visita: las sesiones se activan a intervalos regulares dentro de la sala.

La gran escalera y el decorado Belle Époque

El propio edificio merece una mirada. La gran escalera de honor, los dorados, las columnas y la cúpula sumergen al visitante en el fasto de la Belle Époque, en eco directo con la cercana Ópera Garnier. La Sala de las Columnas y el teatro histórico recuerdan que Grévin fue, desde sus inicios, también un lugar de espectáculo y de atracciones ópticas.

Esta escenografía de época es mucho más que un simple adorno: recoge el gusto de finales del siglo XIX por lo espectacular, el trampantojo y la puesta en escena. Tómate un momento para levantar la vista, porque la arquitectura interior forma parte de la experiencia tanto como las propias figuras de cera.

Consejos prácticos y cómo evitar la cola

El museo se encuentra en el número 10 del bulevar Montmartre, en el distrito IX. Lo más cómodo es llegar a la estación Grands Boulevards, servida por las líneas 8 y 9 del metro, a apenas un minuto a pie. Las líneas 3 y 7, así como la Ópera Garnier, quedan también muy cerca, lo que permite enlazar fácilmente la visita con un paseo más amplio por el barrio.

El consejo más útil tiene que ver con la afluencia. Los fines de semana, en vacaciones escolares y los días de lluvia, la cola puede alargarse. Reservar por adelantado una entrada con hora concreta por internet suele permitir acceder por una puerta reservada y evitar la espera: ese es el auténtico truco para saltarse la cola, más fiable que cualquier pase de pago. Los precios varían según la temporada, la edad y las ofertas del momento, así que conviene comprobarlos en tiempo real en la web oficial.

Para una mañana redonda, combina la visita con el contiguo pasaje Jouffroy y el pasaje des Panoramas, al otro lado del bulevar. En una sola salida, al abrigo del tiempo, disfrutarás del gabinete de cera, de las vidrieras del siglo XIX y del ambiente de los Grandes Bulevares, a dos pasos de tu hotel del barrio de la Ópera.